1° de Mayo. Cuando el trabajo se transmite de generación en generación: “A la mañana a la escuela, a la tarde a la olería con mi papá, y así empecé”

En el marco del Día del Trabajador,  se presenta un recorrido por las historias de quienes, con su labor diaria, construyen el tejido productivo de nuestra provincia. En esta oportunidad, conocemos la trayectoria de Ramón Silvero, olero de Nemesio Parma, cuyo relato, da cuenta de una vida dedicada al arduo trabajo con el barro, transmitido a través de generaciones.

En Nemesio Parma, la labor constante de Ramón como olero moldea su día a día y el futuro de su familia. Su trayectoria, marcada por el trabajo con el barro desde niño, refleja su dedicación y el esfuerzo necesario para salir adelante. En este Día del Trabajador, su testimonio directo brinda una visión realista de la vida del olero, donde la tradición se combina con la lucha diaria.

“Bienvenido acá a Parma, soy Ramón Silvero, olero de toda la vida”, comenzó su relato con sencillez. Su conexión con la fabricación de ladrillos fue profunda, iniciándose prácticamente desde su infancia. Aunque también se dedicó a otros oficios como maquinista y camionero, la olería siempre fue una constante en su vida.

Originario de Aristóbulo del Valle, llegó a Posadas a los 24 años y tres años después se estableció en Nemesio Parma, un barrio posadeño donde abunda el oficio. “Acá estamos, siempre en la cultura del laburo, haciendo ladrillos y dándole para adelante”, afirmó con determinación.

Los primeros pasos en la olería

La incursión de Ramón en el mundo de la olería se dio a temprana edad, siguiendo los pasos de su padre. “La verdad arranqué muy chico, canteando los adobes y ahí con mi papá porque él hacía ladrillos”, recordó. Su origen en el interior de la provincia, donde la cosecha de yerba mate era estacional, hizo que la olería se convirtiera en una actividad complementaria. “Nosotros hacíamos invierno un par de meses con él y despegábamos a la olería con el viejo”, explicó sobre su rutina de niño.

La jornada se dividía entre la escuela por la mañana y el trabajo en la olería por la tarde. Esta experiencia temprana marcó su vida. Su padre también dedicó gran parte de su vida a la fabricación de ladrillos y a la cosecha de yerba, mientras que su abuelo se dedicó exclusivamente al trabajo de campo.

Su aprendizaje en la olería se basó principalmente en la observación y la práctica constante. “El olero aprende mirando”, describió Ramón. A pesar de la aparente sencillez, Ramón subrayó la exigencia física del trabajo. “Pero es un trabajo pesado, no es fácil y lleva mucho tiempo”, enfatizó.

Su vida continuó con un cambio a los 24 años, se trasladó desde “sus pagos” a Posadas, y su primer contacto laboral en la olería fue en la zona de Oberá. Su familia se había mudado a Aristóbulo del Valle, donde él nació, y luego se trasladaron a Oberá.

Tras la separación de sus padres, se quedó con su padre y sus hermanos y fue con él donde aprendió formalmente el oficio. Inicialmente, su padre trabajaba con ladrillos prensados, una técnica común en aquellos años. Posteriormente, comenzaron a producir el ladrillo común de forma manual. “Y ahí empecé a la mañana a la escuela y a la tarde a hacer ladrillos. Y no quedaba otro, era lo que había”, resumió las limitadas opciones de su juventud.

El secreto detrás de los buenos ladrillos

La calidad del ladrillo depende directamente de la materia prima utilizada. “Tiene que tener buena tierra”, afirmó el olero. “La tierra tiene que ser de arcillas, no demasiado floja, ni mucho ñaú”, describió.

Asimismo, recordó una época en la que la tierra se traía de la costa para la producción. “Nosotros vinimos acá, relocalizados ya para 1993, traíamos la tierra de la costa, con camiones”. Sin embargo, esta práctica cambió, “sacamos la tierra del mismo campo, es de acá de la misma tierra nuestra”, detalló sobre la actualidad en la obtención de la materia prima.

Un oficio que resta adeptos

La cantidad de olerías en la zona disminuyó significativamente desde su llegada, según estimó, actualmente solo quedan unas diez olerías en funcionamiento. La edad avanzada de quienes iniciaron en el oficio es un factor determinante. “Vino gente grande, yo tenía 27 años y ya van 30 años acá. La gente que vino con mi edad, ya no están más, se fueron (fallecieron)”, lamentó la pérdida de sus compañeros.

La falta de continuidad generacional también influyó: “Los hijos por ahí nunca se dedicaron, como mis hijos que no se dedican a esto”, comentó sobre la falta de interés de algunos de sus descendientes en el oficio. A pesar de esto, encontró apoyo en su círculo cercano, “sí tengo a mis amigos que siempre están conmigo”.

Inversión, ganancias y la jornada laboral

La producción de ladrillos implica una inversión inicial para cubrir los costos. Para producir mil ladrillos; se debe invertir entre 60 y 70 mil pesos, según calculó Ramón. La venta del producto genera un margen de ganancia que depende del precio de mercado. “Se está vendiendo entre 100 y 110 pesos mil ahora. Venden mejor algunos, pero un promedio así, te queda un 30% o 40%, más o menos”, estimó.

Para realizar esta producción, la jornada laboral comienza temprano para optimizar el trabajo. “A la mañana los muchachos arrancan temprano, preparando la tierra, se hace un día antes, para que al otro, se ‘canche’, como le decimos”. Al día siguiente, se inicia la producción propiamente dicha: se corta la tierra, realiza el malacateo, carga el tubo para que el caballo gire, después se deja secar y para finalizar se cocina.

La remuneración de los trabajadores se basa en la producción individual: “Ahí depende de lo que cortás, es lo que vos hagas ganas”, señaló.

Sin embargo, las condiciones climáticas adversas impactan directamente en la labor diaria del olero. “El calor te asfixia mucho y cuando hay frío, el frío te ralentiza mucho”, describió Ramón. Si bien cada estación presenta sus desafíos, el calor extremo del verano se volvió particularmente difícil. Esto obligó a modificar los horarios de trabajo para evitar las horas de mayor insolación, creando horario de trabajo desde las 7 a 12 de la mañana y desde las 17 horas hasta que caiga la noche.

Los frutos de la olería

Para Ramón Silvero, el mayor fruto de su trabajo se refleja en el futuro de sus hijos: “Les pude enseñar la cultura del trabajo”, expresó con satisfacción. Sus tres hijos varones se dedican a diferentes rubros del transporte y sus hijas también se insertaron en el ámbito laboral y educacional. “Yo siempre le digo, la única defensa del trabajador, del pobre, es el estudio”, aseguró el hombre.

En el Día del Trabajador, el testimonio de Ramón Silvero, olero desde siempre, ofrece una perspectiva sobre la realidad de un oficio tradicional en la región. Su relato abarcó aspectos de su historia, las técnicas de trabajo y el reflejo socioeconómico de la producción de ladrillos; aunque también, los desafíos y las expectativas de quienes se dedican a esta labor.

Fuente: Misiones Online