Rubén López habló con TN sobre el misterio que rodea a su padre, el albañil desaparecido en 2006 tras testificar contra el represor Miguel Etchecolatz. Reconstruyó su compromiso, el impacto de su testimonio y la herida que sigue abierta en la democracia argentina.
Rubén López recordó a su padre no como un protagonista de la historia, sino como un hombre común que anhelaba su retiro. “Él se la pasaba todo el tiempo laburando y en los últimos años disfrutaba esa jubilación que tanto había esperado”, afirmó. Sin embargo, Jorge Julio López, un albañil de Los Hornos, se convirtió en una figura central en la memoria colectiva del país. Su testimonio detalló el horror que padeció en los centros clandestinos de detención durante la dictadura y fue clave para condenar al excomisario Miguel Etchecolatz. Esa valentía, décadas después, le costó la vida cuando en septiembre de 2006 desapareció por segunda vez, en plena democracia.
López fue secuestrado por primera vez en 1976 y liberado en 1979, pero su familia tardó en dimensionar la magnitud de lo ocurrido. Su hijo admitió la dificultad de procesar ese pasado. “No creo que hayamos sido conscientes de lo que pasó en la dictadura. Si bien nos dijeron ‘tu papá está desaparecido’, no entendíamos…”, reconoció Rubén López en diálogo con TN. La comprensión real llegó mucho después, con el avance de los juicios por crímenes de lesa humanidad. “Empezamos a tomar conciencia de por qué mi viejo quería dar testimonio cuando se empezó a llevar adelante el juicio contra Etchecolatz. Ahí entendimos ese compromiso que mi viejo tenía con sus compañeros, que era contar lo que había visto”, apuntó.
Esa responsabilidad lo impulsó a declarar el 28 de junio de 2006. Su testimonio aportó pruebas decisivas contra uno de los principales responsables del terrorismo de Estado en la provincia de Buenos Aires. Tras esa declaración, la vida pareció continuar. Rubén atesora un último recuerdo feliz. “El 16 de septiembre estuvimos en el cumpleaños de 60 de un primo. Fue la primera vez que lo vi bailar a mi viejo”, sostuvo. Dos días después, el 18 de septiembre, Jorge Julio López salió de su casa para asistir a una audiencia judicial y nunca más se supo de él.
La noticia de su ausencia generó un desconcierto que paralizó a su familia. “Volver a vivir lo que habíamos vivido en dictadura… creo que no fuimos conscientes de lo que había pasado”, reconoció su hijo. Al principio, buscaron explicaciones que no involucraran un nuevo secuestro. “Los primeros meses creímos que le había pasado algo físico. Ese día él iba a volver a ver a Etchecolatz de forma personal y pensamos que eso lo había afectado”, explicó. Con el paso del tiempo, la hipótesis cambió. “Empezamos a entender que el entorno de Etchecolatz, o lo que se había generado con el juicio, lo había vuelto a desaparecer”, indicó Rubén. Y con una mezcla de dolor e impotencia, resumió la tragedia. “Increíble… el hombre que desapareció dos veces”, afirmó.
Un testimonio que no pudieron silenciar
El caso se transformó en un símbolo de la fragilidad de la democracia y expuso las fallas del sistema para proteger a un testigo clave. Sin embargo, el intento por acallar la voz de López no tuvo el efecto buscado. Su hijo explicó cuál era, según su perspectiva, el objetivo detrás del secuestro. “Lograr callar a mi viejo era que muchos genocidas no sean condenados”, consideró. A pesar de su desaparición, sus palabras sobrevivieron y continuaron su recorrido en los tribunales. Los testimonios grabados de López, al igual que los de otras víctimas, se utilizaron en juicios posteriores. La paradoja fue contundente, ya que el intento de silenciamiento magnificó su legado. “Cada vez que declara mi viejo, un genocida puede ser condenado”, reafirmó Rubén.
A casi dos décadas de los hechos, no hay culpables ni respuestas firmes sobre su paradero. La incertidumbre persiste como una herida abierta. “Es muy complicado explicar lo que no sabemos”, lamentó su hijo.
El horror en primera persona
Durante su primera desaparición en 1976, López recorrió el llamado circuito Camps, que incluía centros clandestinos como Cuatrerismo, el Pozo de Arana y varias comisarías de La Plata. Allí presenció el asesinato de sus compañeros de militancia Patricia Dell’ Orto, Juan Pablo Maestre, Norberto Rodas y Ambrosio De Marco. Su relato ante los jueces fue crudo y preciso. “Ella y los otros dos tienen el tiro acá en la cabeza”, declaró mientras se señalaba la frente. “El día que encuentren los cuerpos, van a ver, lo tienen acá. Los vi”, insistió.
En su testimonio, López también describió su propio calvario y la crueldad del represor. Confesó el impacto psicológico que le dejó la tortura. “Yo esperaba que me saquen a mí, porque prefería que me mataran y no que me dejaran vivo. Por Dios lo digo, ¿eh? Yo hasta pensé, ‘si un día salgo y lo encuentro a Etchecolatz, yo lo voy a matar’. Un asesino serial. No tenía compasión”, confesó. Además, recordó los gritos del excomisario durante las sesiones de tortura, quien le exigía. “Primero guacho, decime señor. Señor y comisario”.
Miguel Etchecolatz murió en julio de 2022 a los 93 años, sin revelar información sobre el destino de López ni de otros desaparecidos. Tras su muerte, Rubén López expresó su pesar porque el represor se llevó sus secretos a la tumba. “Lamento mucho su muerte. Lamento mucho que se murió sin decir nada. Lamento mucho que no dijo dónde están los desaparecidos, no dijo dónde está Clara Anahí, se fue sin aceptar su culpa, se fue sin terminar de ser juzgado por otras causas”, publicó en sus redes sociales.
