En el extremo sur de Sudamérica existe una franja de mar conocida en todo el mundo por su brutalidad. Corrientes que chocan de manera violenta, olas furiosas y ráfagas que desafían cualquier embarcación hacen de esta zona un verdadero desafío para cualquier navegante. Pocos se atreven a cruzarla, y quienes lo hacen saben que cada viaje puede convertirse en el último.
Se trata del pasaje de Drake, la vía marítima que conecta el océano Atlántico con el Pacífico. Reconocido como uno de los tramos más peligrosos del planeta, su fama se debe a las condiciones extremas que lo caracterizan, convirtiéndolo en un símbolo del poder indomable de los mares australes.

A pesar de su reputación, el pasaje es un corredor estratégico dado que permite acortar considerablemente la ruta entre el Atlántico y el Pacífico, evitando dar la vuelta por la larga costa de Sudamérica: con unos 800 kilómetros de ancho, es la vía más directa que conecta ambos océanos a través de la región polar.
Por ello, cada año, barcos de carga, expediciones científicas y cruceros de aventura se enfrentan a las fuertes mareas y vientos de este pasaje, que puede tomar entre 24 y 48 horas cruzar, conscientes de que se trata de una travesía tan exigente como única.
