El país puede posicionarse como un actor clave en materia de seguridad energética del futuro.
En el marco de la reunión de líderes en la COP28 en Dubái viviremos en primera persona el debate en torno a una transición hacia una economía marcada por la descarbonización industrial. Allí se definirá si nuestro entramado productivo estará entre los actores de la nueva economía internacional sostenible y resiliente o entre aquellos sobre los cuales pesarán los costos de mantener una matriz industrial y energética obsoleta.
A 50 años del shock petrolero, el mundo se enfrenta nuevamente a un momento de tensión geopolítica e incertidumbre en el sector energético. Existen paralelismos entre entonces y ahora, con el suministro de petróleo y gas en el centro de la atención en medio de un nuevo conflicto, pero también diferencias significativas y oportunidades que conforman catalizadores de un cambio sistémico en la economía global, denotando un carácter multidimensional: crisis energética, crisis climática, (in)seguridad alimentaria, fragmentación/acortamiento e interrupción de cadenas de valor.
Trilema energético como disparador de una nueva economía
Las primeras revoluciones industriales basadas en matrices energéticas de combustión a través del uso de carbón, petróleo y gas -uso de fuentes extractivas y no renovables, con fecha de caducidad por limitación de cantidad de recursos- determinaron nuestro paradigma industrial, económico y social de los últimos 200 años. El avance tecnológico, el cambio climático y una voluntad de transformación internacional posibilitan una metamorfosis del trilema basado en “sostenibilidad, asequibilidad y seguridad” para el avance de una nueva economía e industria sustentable, dando nuevamente un salto de cambio revolucionario.
