
Sin embargo, el encuentro —considerado clave por su lema de ser la “COP de la implementación”— se inauguró en medio de fuertes tensiones políticas y con la ausencia de los líderes de los tres principales emisores de gases contaminantes del planeta: Estados Unidos, China e India.
El presidente anfitrión, Luiz Inácio Lula da Silva, encabeza el evento con la intención de posicionar a Brasil como un referente ambiental global, aunque su liderazgo enfrenta críticas por la reciente autorización de exploraciones petroleras cerca de la desembocadura del Amazonas. “No quiero ser un líder medioambiental. Nunca he afirmado serlo”, aclaró Lula días antes del inicio de la cumbre.

Ausencias clave y temores de retroceso
La ausencia del presidente estadounidense Donald Trump —quien años atrás retiró a su país de los Acuerdos de París— fue una de las más comentadas. Washington no envió representantes de alto rango, mientras que China participa con una delegación encabezada por el viceprimer ministro Ding Xuexiang, e India optó por no enviar representación presidencial.
Diplomáticos y organizaciones ambientales advirtieron que este escenario podría reflejar un retroceso en los compromisos globales frente al cambio climático. “La postura de Trump afecta a todo el equilibrio internacional y empuja a más gobiernos hacia la negación y la desregulación”, expresó Nadino Kalapucha, vocero del grupo indígena kichwa amazónico.
En contraste, líderes europeos como el canciller alemán Friedrich Merz, el primer ministro británico Keir Starmer y el presidente francés Emmanuel Macron confirmaron su participación en apoyo al proceso multilateral.
Propuestas y contradicciones en el liderazgo brasileño
Durante la cumbre, Lula planea presentar el “Fondo Bosques Tropicales para Siempre”, una iniciativa destinada a canalizar financiamiento hacia 70 países en desarrollo para la conservación de selvas y ecosistemas. El mandatario brasileño busca aprovechar el simbolismo de celebrar el evento en plena Amazonía, una región que ha perdido el 17% de su cobertura forestal en los últimos 50 años.

No obstante, el entusiasmo por la iniciativa contrasta con las críticas hacia el gobierno brasileño por su política energética. Aunque Brasil redujo la deforestación en el último año, la autorización a Petrobras para realizar exploraciones petroleras en el norte del país genera preocupación entre ambientalistas y comunidades locales.
Una cumbre con dificultades logísticas
El desarrollo del evento también enfrenta problemas de infraestructura. Belém, con 1,3 millones de habitantes, dispone de apenas 18.000 camas hoteleras, lo que provocó una escasez de alojamiento y un fuerte incremento de precios. Algunos visitantes se hospedan en los tradicionales “moteles del amor”, cuyos costos se multiplicaron hasta veinte veces durante la cumbre.
A diferencia de ediciones anteriores celebradas en países con restricciones a la protesta —como Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Azerbaiyán—, en Brasil las manifestaciones están permitidas. Desde el inicio del encuentro, grupos ambientalistas e indígenas ya se movilizan por las calles y riberas del río Amazonas, exigiendo acciones concretas y denunciando la contradicción entre los discursos climáticos y las prácticas extractivistas.
La COP30 se extenderá durante dos semanas y se espera que las negociaciones definan compromisos de financiamiento y estrategias de conservación que marcarán la agenda ambiental global en la próxima década.
