Lo más grave de esto es que no va a pasar nada. Sí, gente, así de simple. Nada. Ni va a volar Úbeda, ni van a cortar cabezas entre los jugadores, ni se le va a mover un pelo a Riquelme. Probablemente se atraiga la atención con algún nuevo engaño sobre la Bombonera, saldrá a Chicho a contar que le ofrecieron a CR7 y a Messi para armar en Boca la dupla que nunca pudo darse en ningún otro lugar, buscarán algún otro chivo expiatorio en la AFA macrista de Tapia o en los medios anti Boca, tratarán de convencernos de un complot intergaláctico entre Elon Musk, Macri, Trump y Milei e incluso algunos lo creerán y lo propagarán. Sin embargo, nadie podrá borrar la realidad palpable de este nuevo papelón, de la vergüenza gigantesca de esta derrota, del insulto que es todo esto para la historia de Boca. Porque eso es, un insulto.
Boca, el Boca que conocemos los que tenemos más de 50 -un poco menos también-, el Boca que arrasaba con sus planteles o con la camiseta o con la cancha no existe más. Esto es una tristísima parodia de Boca, una caricatura horrenda, una enorme desilusión. Hace unos días, en este mismo espacio, hablábamos de un equipo de cabotaje luego del paso fallido por Ecuador. Se lo creía un tropezón, se cuestionó la calidad internacional, pero se lo siguió dando no sólo como candidato en el duelo frente a Huracán sino a ganar este Apertura. Bueno, este Boca tampoco es de cabotaje. Aunque duela admitirlo, hoy es un Boca de cagotaje. Creímos que este equipo era distinto del que había quedado eliminado con Gago de técnico contra Alianza Lima (compite con este como uno de los papelones del siglo). O que era no era el mismo que habían eliminado Independiente (Herrón de interino) o Racing (Úbeda como ayudante de campo a cargo). Y sí, lamentablemente sí: es el mismo Boca. Aunque se hayan sumado Ascacíbar y Bareiro, aunque haya aparecido Aranda como el eslabón perdido entre volantes y delanteros, es el mismo equipo perdedor que no gana nada desde hace tres años y pico. Que sigue decepcionándonos y dándonos vergüenza.
Culpables: todos. Desde los jugadores hasta los hinchas, pasando por la conducción técnica y dirigencial. No se salva nadie. Todos participamos de una u otra manera de este circo. Pero vale la pena repasar un poco este partido demencial que nos dejó afuera una vez más en una Bombonera fría que se acostumbró a perder contra cualquiera.
El penal que pidió Úbeda en conferencia, tras un remate de Ascacíbar

Boca arrancó 0-1 por un error bobo en una salida desde el arco y mereció empatarlo largamente en el primer tiempo, cuando hizo figura a Galíndez. En el segundo, generó poco salvo un tiro fortuito en el palo de Aranda, que en realidad había tirado un centro. Llegó al empate sobre el final con un gol de espalda de Giménez, un blooper en el peor momento, que en fue convalidado luego de varios minutos de suspenso por el Var. La cancha explotó, pero la alegría duró poco: dos penales en el primer tiempo suplementario nos pusieron 1-3 y los goles los hizo Oscar Romero, el Romero malo que pasó con pena y sin gloria por Boca. Los errores los cometió el mismo jugador, Di Lollo, que venía siendo de lo más firme. Una patada de Costa que era de expulsión fue obviada por el árbitro y el VAR, un jugador de Huracán hizo justicia por plancha propia y fue expulsado. Un compañero suyo de pocas luces que ya había visto la amarilla se acercó a protestar fuerte, mal, y el juez tuvo el impulso de sacarle una segunda amarilla sin pensarlo, que lo obligó, segundos después, a echarlo. La segunda parte del extra time se jugó 11 contra 9. En la Bombonera. Martínez -ex técnico de Boca echado por malos resultados- sacó a Oscar Romero para poner un defensor más. Úbeda puso a Ángel Romero (el supuesto Romero bueno) al toque, y fue el paraguayo el que con un cabezazo puso el 2-3. El partido se consumió entre desinteligencias propias y un Huracán refugiado que, pese a todo, ni siquiera sufrió tanto.
Si la actuación como equipo fue desastrosa -salvo media hora del primer tiempo-, repasemos uno por uno a los responsables. Brey y Delgado son culpables del 0-1, el arquero por darle la pelota ante la presión cercana de dos hombres de Huracán y el volante por no tirar la pelota lejos en lugar de gambetear en la puerta del área. Weigandt fue el desastre habitual al que sus compañeros no le dan la pelota en la cancha y fue reemplazado por Braida, al que sí le dieron juego sin lograr ninguna mejora. Di Lollo fue de lo mejor en los 90 hasta que hizo dos penales imperdonables en pocos minutos y condenó al equipo. Costa debió haber sido expulsado y lo sacaron por si Echavarría se daba cuenta de su error y compensaba. Blanco sigue empujando y Huracán aprovechó un par de foules estúpidos para respirar. Paredes, que hasta aquí no fue nombrado, jugó el peor partido desde que llegó: bien marcado, lució exhausto físicamente, poco lúcido y no pudo imponer su pegada; se lo comieron en un pancho. Ascacíbar estaba haciendo un partido más o menos y lo sacaron tempranamente. Aranda, muy marcado, fue de lo mejorcito y terminó poniendo la cara por todos, aun con errores. Bareiro se lesionó rápido. Giménez hizo el gol sin querer y en el primer tiempo falló insólitamente una situación clara al lado de un palo. Merentiel sigue en modo Merentiel, errando mano a mano todo lo que le generan. Zeballos volvió a ser Changuito.
Úbeda es Úbeda y será cuestionado en cada derrota. No tiene espalda para aguantar. Esta vez prefirió poner a Di Lollo de 9 en el segundo suplementario y no le dio un solo minuto a Velasco, el pibe de los diez palos verdes, que venía levantando pero había entrado muy mal en Ecuador. Ander Herrera también estaba en el banco, pero su presencia era meramente testimonial. Del resto, no había nadie que pudiera cambiar la ecuación.
Para el final, los dirigentes. O el dirigente. Todos sabemos que hay uno solo, que es el presidente. Hace unos días, Serna dijo que a nadie se le hubiera ocurrido apostar por Úbeda y que el mérito era todo de Riquelme que lo sostuvo. ¿Seguirá pensando ahora el bueno de Chicho que es un mérito? El ex 10 es quien bancó al técnico y eligió a la mayoría de estos jugadores. El que le paga la jubilación de privilegio a Cavani, el que pagó 5 palos por Palacio -hace seis meses no juega y nadie explica por qué-, otros 5 por el inexpresivo Alarcón, 10 por Velasco. El que no puede renovar a Zeballos. El que no quiso ir a buscar un arquero ni un 4, cuando se caía de maduro que eran necesarios. El que echó a Blondel para que se quedaran dos cartones como Weigandt y Barinaga. El que no puede pisar un canal o una radio porque no acepta preguntas incómodas o que le enrostren el fracaso de siete años de gestión.
Se vienen diez días de tensión hasta el que martes de la otra semana la cancha vuelva a abrirse. El rival será Cruzeiro. Habrá que ver cómo reacciona la gente, pero las esperanzas son escasas. Los sectores de la Bombonera que no están comprados por el presidente tienen miedo de reaccionar y que los muelan a trompadas los sicarios diseminados por toda la Bombonera. Esta es la tristísima realidad de un Boca que gana algunos partidos como para ilusionar y que luego, enseguida, fracasa. Podemos mirarla de frente o podemos hacernos los boludos y seguir perdiendo prestigio, pasando vergüenza, sufriendo humillaciones. Lamentablemente, todo eso se veía venir.
